La actual Iglesia Mayor de Castellón atesora un buen número de valiosas obras de arte que en 1936 pudieron ser salvadas del expolio y posterior derribo sufridos por el templo existente desde el siglo XV en su mismo solar. Estas obras, algunas de ellas expuestas ahora en las diversas capillas y en el Museo de la Concatedral, constituyen el legado de una larga historia y muestran, hoy modestamente, el esplendor que llegó a alcanzar aquella iglesia medieval. Sin embargo, el patrimonio artístico de Santa María incluye igualmente piezas más modernas, pero no por ello menos interesantes, como sucede con el sagrario que preside la Capilla de la Comunión.

Los sagrarios, también llamados tabernáculos, son el auténtico corazón de las iglesias, pues en ellos se guardan las hostias consagradas que se utilizarán para repartir la comunión, cosa que los convierte en el lugar donde los fieles pueden estar en presencia de Cristo Sacramentado. Tal importancia viene reafirmada por el hecho de que deben construirse con materiales sólidos y no transparentes, además de tener que permanecer cerrados con llave para evitar profanaciones. Asimismo, y tras las directrices indicadas al respecto por el Concilio Vaticano II, han de ubicarse en el presbiterio, aunque no sobre el altar donde se celebre la misa, y, a poder ser, en una capilla del templo que reúna las condiciones apropiadas para la adoración. Una lámpara encendida indicará la presencia de Cristo en el sagrario a las personas que se acerquen a él con la intención de orar. El que nos ocupa no sólo cumple debidamente los anteriores requisitos, sino que, en un intento de destacar aún más su relevancia, ostenta una serie de elementos decorativos que lo sitúan entre las obras más representativas de nuestra Concatedral. Consta de dos partes: el arca o sagrario, propiamente dicho, y un elegante baldaquino, esmeradamente trabajado en piedra de alabastro, que la contiene. El conjunto mide 62x65 cm en su base y, aunque no lo parezca, 2,25 m de alto.

El arca, hecha de bronce y plata dorados, se adorna en todas sus caras con piezas de marfil y esmaltes. Los de la parte frontal muestran a San Pedro y San Pablo a ambos lados de la Virgen del Lledó en los medallones del friso existente sobre la puerta, mientras que en ésta —cuya parte interior luce un relieve del Santo Cáliz— se hallan representados los cuatro evangelistas y en el centro Cristo ofreciendo la Sagrada Forma. Del mismo modo, la cornisa exhibe una crestería calada tras la que asoma la cubierta con forma de pirámide rematada por una esfera que, en su día, sostuvo un sencillo crucifijo de ébano y marfil que fue robado al poco tiempo de estrenarse el sagrario y se sustituyó por el que vemos en la actualidad.

Éste se halla bajo la bóveda del suntuoso remate del baldaquino, de acusadas formas góticas, que presenta un ornamentado gablete en cada una de sus cuatro caras. En su parte superior aparece un monumento a la Asunción de la Santísima Virgen —a la que está dedicada la Concatedral— rodeado por cuatro figuras sedentes que representan, respectivamente, la Salud de los Enfermos, el Auxilio de los Cristianos, el Consuelo de los Afligidos y el Refugio de los Pecadores, en referencia a la Virgen María. Por encima culmina toda la obra una pequeña imagen de Cristo Salvador del Mundo. La comentada estructura se apoya en cuatro esbeltas columnas coronadas por las figuras de los tres Santos Arcángeles y el Ángel Custodio, en cuyos capiteles encontramos, esculpidos bajo doseletes, a los Doctores de la Iglesia Latina. A su vez, estas columnas descansan sobre un robusto pedestal que muestra en su parte delantera tres hornacinas con las estatuillas de San Joaquín, Santa Quiteria y San Vicente Ferrer. Los tres santos citados representan a Joaquín Balaguer Martinavarro —insigne arcipreste de Santa María y entusiasta impulsor de su recuperación— y a su hermana Vicenta, ambos de Almassora —cuya patrona es la santa aludida—, que en 1959 donaron generosamente el sagrario a este templo con motivo de las bodas de oro sacerdotales de quien descansa, desde 1971 y casi olvidado, en la pequeña Capilla de la Virgen del Sagrado Corazón, anexa a la de la Comunión.

 La notable pieza artística que someramente hemos descrito hasta aquí fue diseñada por el arquitecto Vicente Traver Tomás, autor también del proyecto de reconstrucción de la nueva iglesia. Los esmaltes y el crucifijo, hechos por Modest Morató y por Joan Mayné, respectivamente, se elaboraron en Barcelona; los bronces, realizados por Orrico, y los marfiles, debidos a Puerto García, en Valencia; y el baldaquino, obra de Rafael Gómez, en Castellón. Añadir igualmente, que este tabernáculo no siempre ha ocupado el lugar en el que lo vemos ahora, ya que, tras ser bendecido el 24 de julio de 1959 —aniversario del incendio de Santa María en 1936—, estuvo en la Capilla de los Santos Patronos. Por aquella época, con el templo edificado sólo hasta la mitad, esa era la capilla más espaciosa del mismo hasta que acabó de construirse la actual de la Comunión en 1968, año en el que ésta entró en servicio tras su bendición por el obispo Josep Pont i Gol, primer prelado de la Diócesis de Segorbe-Castellón creada por el papa San Juan XXIII en 1960.

Hoy, en la Capilla de la Comunión, este sagrario aporta su belleza a la grata experiencia de dejarse envolver por la paz y el silencio que acompañan a quienes allí acuden en busca del reconfortante regalo de encontrarse con el Señor.

 

 

 

Ernesto Sanahuja Pavía